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**Petro, Trump y la política real:
por qué dialogar no es rendirse y pensar no es traicionar**
En los últimos días, la reunión entre el presidente Gustavo Petro y Donald Trump ha sido presentada por algunos sectores como una “domesticación”, un “arrodillamiento” o incluso una traición al proyecto progresista.
Las redes sociales, los titulares rápidos y la oposición oportunista han hecho lo suyo: simplificar un hecho complejo para inducir una conclusión emocional.
Pero si algo necesita hoy Colombia —y especialmente sus sectores moderados y progresistas— es menos consignas automáticas y más pensamiento estratégico.
Este texto no busca defender personas ni idealizar gobiernos. Busca algo más sencillo y más difícil a la vez: pensar con cabeza propia.
**Primera pregunta clave:
¿De verdad Colombia puede darse el lujo de no hablar con Estados Unidos?**
Estados Unidos no es un país cualquiera para Colombia.
Nos guste o no:
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Es nuestro principal socio comercial
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Tiene influencia directa en organismos financieros, judiciales y multilaterales
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Incide en temas sensibles como narcotráfico, migración, seguridad y sanciones
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Ha intervenido históricamente en América Latina, con o sin consentimiento
Ignorar esto no es rebeldía: es ingenuidad.
La política exterior no se hace desde la simpatía ideológica, sino desde la correlación real de fuerzas. Los países que sobreviven no son los que gritan más fuerte, sino los que saben cuándo confrontar y cuándo administrar el conflicto.
**Segunda pregunta incómoda:
¿Quién gana cuando Colombia rompe canales de diálogo?**
Durante meses, Colombia estuvo en la mira de sectores duros del poder estadounidense:
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Amenazas de descertificación
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Presión en el tema antidrogas
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Operaciones militares unilaterales en el Caribe
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Narrativas que buscaban presentar al gobierno colombiano como “riesgo regional”
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Gestiones de políticos de derecha colombiana en Washington para desacreditar al gobierno electo
En ese contexto, no abrir un canal directo de diálogo no habría sido un acto de dignidad, sino una torpeza estratégica.
La reunión no elimina las tensiones, pero desactiva escenarios peores:
sanciones, aislamiento, asfixia financiera o intervención indirecta.
A veces, gobernar también es evitar el incendio, aunque eso no se vea heroico en redes sociales.
**Tercera pregunta fundamental:
¿Dialogar significa ceder principios?**
Aquí está el núcleo de la confusión.
Petro no llegó a Washington a pedir permiso para gobernar Colombia.
Tampoco renunció a sus posiciones internacionales más visibles:
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No se retractó de su defensa del pueblo palestino
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No abandonó su discurso sobre soberanía latinoamericana
-
No se alineó ideológicamente con Trump
-
No desmontó su narrativa de cambio
Lo que hizo fue algo menos épico pero más efectivo:
hablar de intereses, no de afectos; de límites, no de aplausos.
Eso no es arrodillarse.
Eso es política real.
**Cuarta pregunta que deberíamos hacernos como sociedad:
¿A quién le conviene que Petro aparezca como “domado”?**
La narrativa del “Petro sometido” no surge por casualidad.
Le sirve:
-
A la derecha colombiana que busca deslegitimarlo
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A sectores que quieren presentar cualquier acto de pragmatismo como traición
-
A quienes prefieren un Petro aislado, débil y confrontado internacionalmente
Curiosamente, no le sirve a Colombia.
Un presidente aislado no es más soberano.
Un país en conflicto permanente con la potencia hemisférica no es más libre, es más vulnerable.
Entonces, ¿quién ganó la reunión?
Esta no es una pelea de boxeo.
No hubo nocaut.
Lo que hubo fue algo más silencioso:
-
Petro evitó una escalada peligrosa
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Mantuvo su autonomía política
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Mostró capacidad de interlocución internacional
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Desarmó, al menos parcialmente, el relato del “gobierno inviable”
Eso, en geopolítica, es una ganancia estratégica.
Petro en el escenario mundial: menos aplausos, más respeto
Paradójicamente, la postura firme de Petro frente a Palestina, el cambio climático y la desigualdad global no se debilita por este encuentro.
Al contrario: se vuelve más creíble cuando viene acompañada de capacidad de diálogo con actores difíciles.
Los líderes que solo hablan con aliados convencidos no transforman el mundo.
Los que logran sentarse con adversarios sin perder su identidad, a veces sí.
Una invitación final
En tiempos de polarización, pensar se vuelve un acto casi revolucionario.
Antes de repetir titulares, vale la pena preguntarse:
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¿Qué escenario evitó esta reunión?
-
¿Quién gana con una Colombia aislada?
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¿Confundimos dignidad con rigidez?
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¿Estamos leyendo política internacional como adultos o como hinchas?
El progresismo no puede convertirse en dogma.
La moderación no puede ser sinónimo de miedo.
Colombia necesita ciudadanía crítica, no obediencia emocional.
Pensar no es rendirse.
Dialogar no es traicionar.
Y gobernar, a veces, es elegir el camino menos ruidoso para proteger lo esencial.
¿qué vio Trump en Petro?
Conviene ir más allá de la neutralidad y atreverse a interpretar. Cuando Trump dice “it was an honor” y remata con “you are great”, no está hablando desde la admiración ideológica ni desde la simpatía personal. Trump es un actor de poder crudo, poco dado a elogiar a quien considera débil, irrelevante o subordinado. En su lógica —empresarial, competitiva y jerárquica— esas frases suelen aparecer cuando reconoce a alguien que no pudo ser aplastado en la mesa, que sostuvo una conversación de igual a igual, que mostró inteligencia política, información y carácter. ¿Acaso un hombre con la formación, la trayectoria y la capacidad discursiva de Gustavo Petro no pudo impresionar a Trump? Es perfectamente posible. No por halagarlo, sino por confrontarlo con argumentos, con lectura histórica y con una comprensión del poder que Trump respeta, aunque no comparta. En ese registro, las palabras de Trump no suenan a domesticación, sino a reconocimiento tácito de que Petro no es un dirigente menor ni fácilmente manipulable. En geopolítica, cuando un actor dominante elogia a otro que pensaba debilitar, suele ser porque entendió que enfrente hay alguien con quien hay que contar.
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